Existe evidencia que demuestra que las terapias de tercera generación, especialmente el Mindfulness, son efectivas para el tratamiento de las disfunciones sexuales.
Esta es una de las principales conclusiones de un estudio llevado a cabo por los investigadores de la Universidad de Cádiz, M. Amor Espinosa-García y Francisco Javier del Río Olvera, con el objetivo de analizar la efectividad, concretamente, de desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR), mindfulness, terapia de aceptación y compromiso, y psicoterapia analítica funcional.
Según señalan los investigadores, este tipo de terapias, “se caracterizan por no pretender eliminar el síntoma, dan importancia al contexto en el que se produce el problema, utilizan estrategias de cambio experimentales y, por último, amplían y cambian de forma notable el objetivo a tratar o modificar”.
Explican que, en ocasiones, “las disfunciones sexuales pueden provocar sufrimiento psicológico”. Estas problemáticas conforman un grupo heterogéneo de trastornos caracterizados por la alteración clínicamente significativa de la capacidad de la persona para responder sexualmente o experimentar placer sexual, encontrándose, según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5; American Psychiatric Association, 2013), los siguientes problemas femeninos: trastorno orgásmico, de interés/excitación sexual, de dolor genitopélvico/penetración o de deseo sexual hipoactivo.
Los datos revelan que, en los últimos años, ha habido un creciente uso de las terapias de Tercera Generación para el tratamiento de las disfunciones sexuales, principalmente, del Mindfulness, “que es la intervención de la que más bibliografía se ha encontrado, y con resultados más contundentes, demostrando en la mayoría de las ocasiones que variables relacionadas con la sexualidad han mejorado significativamente”.
No obstante, los investigadores reconocen las limitaciones de su estudio (muestras de las investigaciones formadas mayoritariamente por mujeres heterosexuales), que impiden generalizar los datos, por lo que proponen como futuras líneas de investigación, emprender estudios sobre terapias de tercera generación para tratar las disfunciones sexuales, contando con muestras más heterogéneas, con el fin de poder generalizar los resultados al resto de la población.

















